Es evidente el déficit en cultura democrática del que adolece este país. Escribo estas palabras y me viene a la memoria cómo hace escasas fechas se le echaban encima como fieras un par de conciudadanos a la periodista y escritora Rosa María Artal, vía twitter, por insinuar que en ocasiones los pueblos no saben a quien votan, en relación a los años que Italia mantuvo en el poder a Berlusconi. Puede ser una afirmación incómoda, incorrecta políticamente, pero tiene su dolorosa parte de realidad. Parafraseaba Rosa a D. Jose Luis Sampedro:
”¿Democracia? Es verdad que el pueblo vota y eso sirve para etiquetar el sistema, falsamente, como democrático, pero la mayoría acude a las urnas o se abstiene sin la previa información objetiva y la consiguiente reflexión crítica, propia de todo verdadero ciudadano movido por el interés común."
Compartir estas reflexiones le valieron numerosos insultos, descalificándola curiosamente como antidemócrata.
De acuerdo, pensaréis que tan sólo dos personas no suponen ninguna representatividad. Pero en la vida cotidiana todos nos encontramos con ejemplos significativos. Mientras esperas tu turno en la charcutería escuchas dos señoras atribuyéndole "poderes mágicos" a la derecha: "Son los que tienen el dinero", "Son los que crean trabajo", "¿De qué sirve la sanidad si no hay empleo?". Todos los días oímos esto. Y es déficit democrático. Es poca cultura democrática.
Llevamos 34 años escuchando lo modélica que fue nuestra transición, el ejemplo que es nuestra carta magna para